Muchas veces se discute si una película “humaniza” a alguien o no. La humanidad es una condición de todas las personas. Se humaniza lo que no es humano. Decir que The apprentice humaniza a Trump implicaría negar algo capital: que las personas pueden ser crueles, y que haber tenido una historia de vida compleja enmarca sus acciones pero no nos obliga a empatizar con sus ideas. Donald Trump y su maestro, el abogado Roy Cohn, son personas que muestran la vileza a la que el capitalismo macartista enseña a alcanzar: la acumulación material y simbólica, la egolatría, la hipocresía de performar decencia mientras se ejerce violencia. Escrita por el periodista Gabriel Sherman y dirigida por el cineasta iraní Ali Abbasi, El aprendiz retoma el nombre del show de NBC conducido por Trump para retratar la relación entre Roy Cohn (Jeremy Strong) y un joven Donald (Sebastian Stan) que avanza en la vida empresarial hasta antes de incursionar en política. Los creadores de esta cinta recibieron una amenaza de demanda de parte del expresidente, quien aún no la concreta (y la película precisamente muestra estos amedrentamientos como parte de su modus operandi).
Es difícil desligar esta película de una serie como Succession, no solo porque tenemos a Jeremy Strong interpretando básicamente a una versión menos ansiosa de Kendall Roy, sino porque nos encontramos con los juegos de poder de la élite norteamericana, todos sus trucos político legales, con personajes que son alegorías de la cultura norteamericana basada en el “fake it until you make it” con una defensa de «la libertad norteamericana» como sinónimo de opresión. No es que El aprendiz sea un biopic innovador o experimental (incluso podemos decir que le faltó arriesgarse más en la sátira para darle contundencia al cierre de la película), pero tratan de salir de lo común o tradicional. Un diferencial es el esfuerzo puesto en querer transportar a los espectadores a la atmósfera en los 70 y 80: vestuarios, looks y decoración muy cuidados (un buen logro de la dirección de arte) se suman a la textura de la imagen y la colorización que imitan las películas de las décadas en las que ocurren los hechos. La banda sonora incluye temas icónicos de New Order, Pet Shop Boys, entre otros. Estos elementos, en caso hubieran sido mal empleados, podrían glamourizar contextos de abuso, pero no es así. Acierta en lo que quiere criticar y el relato va haciéndose cada vez más oscuro.
El elenco le da peso al filme. Sebastian Stan hace un gran trabajo como ese primer Trump que empieza a mostrar sus ademanes con los labios, caminar y tendencia a repetir las palabras. Con los años, pasa de ser un chiquillo con daddy issues miedoso al hablar en público, a ser un chiquillo con daddy issues por dentro pero con operaciones para enmascarar sus años por fuera -y con horror al vacío al hablar, para ocultar su carencia de ideas-. Maria Bakalova como Ivana Trump es una especie de rival en la relación entre su esposo y Roy Cohn (porque en el mundo de Donald, es inconcebible que una esposa sea algo más que un apéndice del marido, así compartan visiones políticas). Destaca Jeremy Strong como Roy Cohn, íntimo amigo de Joseph McCarthy y cotizado abogado del 1%. Cohn, quien siempre negó públicamente su homosexualidad, no solo evidencia que Trump no es un genio de los negocios y que su “filosofía” empresarial -la misma de cualquier libro de autoayuda- no es arriesgada ni nunca antes vista: con este personaje es que la película se expande más allá del biopic (al menos, en parte) y aborda la epidemia del SIDA en Estados Unidos. Los mismos millonarios que se mantuvieron en la cima gracias a los servicios legales de Cohn son quienes dejaron morir y estigmatizar a la población LGBTIQ, incluso si las víctimas habían militado por el conservadurismo. Aunque el nombre de Jeremy Strong no esté voceado como uno de los posibles nominados al Oscar, su calidad como actor excede cada vez más los reconocimientos que ha llegado a recibir.


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